7/7/18

Zanzíbar. Diario íntimo de unas vacaciones como las de cualquiera.

Tengo un dinA-4 impreso en mi estudio con una estampa idílica de Zanzíbar (Tanzania, más o menos). Nunca he estado. De hecho lo más cerca de África que me he encontrado fue en 2012, en Tarifa, que vi, allá a lo lejos sobre la bruma marina, una minúscula elevación de tierra que (hasta me saqué una foto), por lo visto, era el continente a costa del cual los europeos y norteamericanos vivimos tan excelentemente.

Colgué tan exótica imagen después de las últimas navidades en las que sólo hice que confirmar mi soledad, no ya el sentimiento –este le tengo desde que recuerdo–, si no el hecho de no pertenecer en verdad a ningún grupúsculo social.

La idea consiste en mirar el papel verde azulado cada vez que mis fuerzas flaquean para seguir adelante en mis fructíferos proyectos profesionales. La idea consiste en atesorar la suficiente pasta para que las próximas navidades (aunque no lo crean, a la vuelta de la esquina) no tenga que ir de prestado a casa de ninguna familia de acogida poniendo una excusa grandilocuente: Ay, ¡muchas gracias, de verdad! pero me voy de vacaciones a Zanzíbar.

(Otro día les cuento por qué esta isla índica y no..., qué sé yo, China.)

El caso es que estoy de vacaciones. Unas vacaciones extrañas no ya porque no tenga un trabajo con sueldo sino porque están siendo salteadas. Una semana sí y otra no. Hoy comienzan de nuevo  varios días de asueto tras una semana productiva (es un decir) después de otra anterior en la que he ido de visita a mi infancia más olvidada: Extremadura.

De mi serie de fotos Ventanas Ajenas. Paisaje desde la ventana de mi último día extremeño. Precioso, ¿no creen?
Ha sido una maratón –que yo no quería tanto tute, pero...– a expensas de mi acompañante, de lo que él tuviera antojo por ver, con mi consejo mediante, que para eso mi madre fue de allí. Y, como la vida misma, he venido contenta por algunas cosas (¡llovió el sábado!), nostálgica por otras muchas (los paisajes con toros sueltos, el rosetón de Guadalupe, los dulces, las cerezas, los cerezos, el calooorrr) y malhumorada con ciertos detalles (sentir que voy con un AK-47 al hombro en vez de con una sencilla réflex).

Me sigue encantando viajar sin destino aparente. Dormir en cualquier lado. Perderme por ahí, aunque conozca el camino, a veces mil veces transitado. Ejercer de flâneur. Reconozco que el paso de los años, supongo, me hace anhelar el quedarme en casa (sea donde sea que esté mi casa), sentir que a las once de la mañana ya tienes todo el día por delante para, sin prisas, leer, escuchar música, ver las pelis fuera de cartel en el cine de verano, sestear, mirar desde el balcón, hablar con los amigos en persona, emprender alguna excursión al pueblo de al lado o simple y llanamente no hacer nada.

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