A mí, quién lo diría leyendo este blog, me cuesta sentirme con autoridad para expresar mi opinión en según qué cosas. Sin ir más lejos, en el anterior post, no me atreví a decir a esas dos mujeres que les habían (posiblemente) tomado el pelo. No soy asesora de lactancia y, pese a que tengo una experiencia de veintitrés meses dando teta y múltiples lecturas y cursos, no me sentí capacitada para ello.
¿Cuándo conviene hablar y cuándo callar? A menudo, si no se habla (ojo, de temas estudiados), se vuelve uno a casa con la sensación de haber dejado cosas en el tintero, de rumiar tenía que haber dicho tal y cual cosa. Te sientes tonto, pusilánime.
El caso es que hablar tampoco te libra de la sensación de mal cuerpo, de impostura, sobre todo si no se domina el tema.
Dice una canción que si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, cállate. Pero, si todos callásemos, ¿no se produciría una involución? Las redes sociales, tan plagadas de todólogos, se irían a la porra, desde luego.
¿Dónde colocar, pues, el punto medio en este asunto?


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