Mañana acaban nuestras vacaciones. Todavía no he tenido un día de verdadero asueto. Todos han sido una loca carrera por enmendar los estragos de dos veranos sin ir a casa de mis padres -ahora parece ser que mía-, un año sin ver a la familia política en su casa (ni en la nuestra porque jamás nos han visitado) y la mala suerte de dos averías gordas en el coche y un funeral.
El resultado ha sido que me (creo que podría hablar en plural escribiendo nos) encuentro agotada, triste, harta. En una palabra: frustrada. Cuando pienso que todavía me queda una vuelta completa de la Tierra alrededor del Sol para poder dedicarme al dolce far niente, les juro que me dan los siete dolores.
La familia y los compromisos familiares pueden llegar a ser una ciénaga. Poniendo por bandera los lazos de sangre, que en mi caso ni eso, se cometen auténticas tropelías contra algunas personas. Yo, por ejemplo, soy la criada. A veces también tengo el rol de bufona, sobre todo dentro de mi familia, que en la otra son de poco interactuar, al menos conmigo. Obviamente, como buenos papeles, he tenido que interpretar los dos añadiendo uno más a la cuenta del que no todos hemos sido conscientes: el de madre de un bebé.
Creo que ha sido precisamente ser madre el que me ha hecho caer del guindo. Ver a mi bebé perseguirme lloriqueando para que la pudiera hacer caso, para que jugara con ella y dejara de fregar cacharros o de arreglar grifos. Ver a mi bebé gritándome airada "teta, ¡teta!" porque sabe que solo así puede tenerme para ella sola unos minutos. Miren, no, se acabó esta mierda.
También quiero irme de excursión o a la playa o quedarme leyendo en el jardín o salir a tomar vinos al mediodía o pasear sin rumbo o dormir hasta que me dé la gana o tocarme los huevos a dos manos durante un rato.
Solo poniéndome a mí misma la primera en mi to do list (cosa que percibo que hace todo quisqui sin importarle lo más mínimo el de al lado), empezaré a conseguirlo. Voy a entrenar mi empatía en estos 365 días que restan para que sea un poquito más selectiva.


No hay mayor bendición que la familia. Ni mayor maldición.
ResponderEliminarEs prácticamente imposible librarse de esos roles que se nos echan encima durante años y años, y que terminamos asumiendo.
Siempre me ha pasado que cuando me subo al coche después de una visita familiar, noto hasta que punto he estado tenso, y que tengo encima un mal humor sordo y profundo. En mi caso, además de ser el manitas, siempre he sido la oveja roja. Es muy difícil mantener el tipo ante determinadas visiones del mundo y la vida que me estomagan. Cuando me toca soltar el "no vamos a hablar de eso", es después de haber tragado decenas de sapos y de haberme mordido la lengua docenas de veces.
Y tal vez lo peor es que, lo quiera o no, comparto con esas personas muchos de mis genes. Lo cual me preocupa y me hace preguntarme qué monstruos albergo que aún no he conocido.
Tras la muerte de mi padre heredé el rol de manitas también :-) Dos semanas de vacaciones haciendo chapucillas lo atestiguan.
Eliminar¿No se podrá huir, NeoGurb? Quemar las naves. Empezar de (casi) cero en otro sitio, con otras gentes. Yo estoy hartísima. Harta a unos niveles que jamás sospeché que existieran. ¿Qué necesidad de vivir así tenemos? La vida es muy corta: pasémoslo lo mejor que podamos.