10/12/21

Enseñanza vicaria

Mi madre se convirtió en madre (en madre de su propia hija, o sea, yo) a los cuarenta y dos años. A los cuarenta y nueve, harta de limpiar la mierda de los cerdos de otros y de cultivar tierras ajenas, se embarcó en un proyecto personal que, aunque ya no lo pueda ver, sus sucesores están en trámites para convertirlo en una Denominación de Origen.

Hoy, con cuarenta y seis años, he dado un gran paso que para la mayoría parecerá minúsculo, pero para mí puede suponer un giro de ciento ochenta grados en mi existencia. Hoy comienzo en serio, gritándolo a los cuatro vientos, uno de mis proyectos personales en el que llevo trabajando meses y meses. No es el más vocacional de mis planes, pero es, sin lugar a dudas, el que más descanso mental y autonomía me va a otorgar porque estoy muy cansada de ser una chacha, una mantenida y una doña nadie.

Ah, la euforia, qué mala prensa tiene esta emoción tan alucinante. Con cuarenta y tres años, el día que me dijeron que tenía que nacer mi hija, fue la última vez que me sentí eufórica. Así me encuentro ahora mismo, con bocanadas de una felicidad inmensa que se concentran en el pecho y estallan en la cabeza. Ilusionada. Con la esperanza asomando por el horizonte que se ve desde esta silla en la que escribo de salir del pozo pringoso en el que me han ido metiendo mis malas decisiones y las circunstancias. 

Tengo ganas de enfriar el benjamín que anda olvidado en la despensa y bebérmelo de un trago en cuanto alcance la temperatura ideal.

Allá voy.

29/11/21

Almudena

Me pilla la noticia de su muerte esperando en la sala de un hospital a que me pauten uno u otro antibiótico en función de los resultados de una analítica. Tengo un cólico nefrítico y hasta hacía un par de horas, antes de que me chutansen un analgésico en vena, me estaba retorciendo de dolor en casa. Llega un mensaje: Almudena Grandes ha fallecido.

Pobre Almudena, pensé. Aunque sea una frase hecha, nunca se le desea la muerte a nadie, pero hay personas que la merecen más que otras. Esa gente que se pasa todo el santo día quejándose, implorando a no se quién que se acuerden de ellos, ogh, qué hartura. Almudena en cambio —y discúlpenme que la trate así de familiarmente porque para mí era alguien que sentía muy cercano— no era de esas personas. Almudena, daba la impresión, no tendría que haberse muerto nunca porque parecía ser una disfrutona de la vida, parecía conocer la fina línea que separa el trigo de la paja vital.

Me da pena porque ella fue, a través de sus escritos, la que me descubrió que hay otros mundos distintos, ajenos (y sin embargo plausibles) a los que conocía hasta el momento. Parte de mi despertar sentimental, sexual y político se lo debo a ella. Y tengo que decir que parte de mi vocación porque encontrar una mujer escritora y exitosa animó a la adolescente que era entonces a explorar más esa vía de la escritura (¿por qué no, Cal, por qué no escribir?).

Llevaba tiempo echándola de menos los viernes en la radio. Por fortuna nos quedan sus libros y sus innumerables columnas para que, cuando pique la nostalgia, tengamos algo a lo que asirnos.

Gracias por tanto, Almudena. 

Sit tibi terra levis.

20/10/21

La eterna mudanza

Ayer terminé mi vigésimo primera mudanza. Creo. Todavía me queda comprar y montar unas estanterías para los libros y un par de mesas para tener el estudio en condiciones. Secuelas de la covid-19 y también de la vida freelance

Igualmente tengo que organizar algo mejor las cajas del trastero. La mayoría de lo que hay allí es para vender o regalar o tirar. Nunca había tenido trastero hasta la fecha porque me parece falaz cargar con objetos inútiles, pero ese cubículo chiquitín al lado de la plaza de garaje ha sido un pulmón a mayores dentro de la locura que es mover algo más de la mitad de una vida.

Las terrazas, por el momento, se quedan como están. No existe tentación más grande para un amante de las plantas que teñir el exterior de verde, pero no tengo tiempo para cuidar a más.

Los convenios laborales, la mayoría, te dan uno o dos días para organizar una mudanza. Yo llevo con esta más de un año, desde que me enteré que cambiábamos de nuevo de ciudad, en lo más crudo de la pandemia. Supuse entonces que no pasaría un invierno más en la casa de la playa y, en los pocos ratos libres que me dejaba la maternidad, empecé a guardar la ropa de abrigo, los zapatos de fiesta y los bolsos de soltera. (Ayer mismo los desempaqué.)

Es agotador tener la vida metida en cajas. Una sensación molesta, de standby, porque ya no vives en el lugar que vas a dejar y a la vez tampoco vives en tu nuevo sitio. Es similar a la espera de un autobús o un tren para hacer un viaje, pero sin las tiendas y la cafetería de la estación.

Me hago mayor. Necesito un puerto base. Un lugar en el que sentirme yo.

18/10/21

Madres en la parra

Vengo del cine de ver Madres paralelas. VEN-GO-DEL-CI-NE. Lo remarco, sí, porque en estos dos últimos años sólo he ido dos veces a ver una peli en pantalla grande (en la otra ocasión tocó Nomadland). Ahora sí que me resulta carísimo de verdad este vicio mío. Al precio de la entrada —ya excesivo desde hace años— se le añade el precio por hora de la canguro que tiene que cuidar de mi hija para yo poder esparcirme durante un par de horas.

Y se estarán preguntando ustedes que qué coño les importa. Y yo les contestaré que en este post es pertinente la apostilla: soy madre y vengo del cine de ver una peli sobre madres. El problema de fondo no es que me cueste y lo que me cuesta ir al cine o no, es que a duras penas pueda ganarme la vida. Porque yo no tengo dinero para pagar una aupair que me cuide a la niña por las noches para poder descansar, no tengo una mucama que me haga las labores de casa ni una madre de día que se encargue de mi pequeña mientras yo (también) edito las fotos que suelo hacer con ella en brazos o merodeando alrededor.

La sociedad nos dice oye, tú, mujer, ten hijos que es una maravilla. Además nos alienta a ser abnegadas con esas criaturas que nos invita a tener, pero a la vez, perversa ella, nos pone todas las trabas del mundo para que el cuidado de los hijos que nos reclama tenga un mínimo de calidad porque tenemos (también) producir y producir no de de cualquier manera. Tiene que ser fetén todo lo que hagamos puesto que a nosotras no se nos perdona ni una cagada. Es en este punto donde suele aparecer la culpa porque parece que, una vez nos convertimos en madres, nunca estamos donde tendríamos que estar.

Ninguno de estos problemas parecen ser perentorios para Janis, el personaje que interpreta Penélope Cruz en su última película almodovariana, ni de Ana, interpretado por Milena Smidt (necesito ver más pelis de esta chica para saber si es una genia de la interpretación o es así de lánguida de serie), el secundario. Oye, que yo me alegro por ellas, de verdad. Debe ser maravilloso tener una maternidad así, asistida, aunque sea a base de chequera. Pero no es real o no al menos para el común de las mortales.

Tengo que decir que a nivel formal me ha gustado la peli de Almodóvar. Es entretenida, tiene unos escenarios de caérsete la baba (hasta esa casa del pueblo, por dios, ¡qué cocina! y eso que no viven ahí de manera habitual), unos colores alucinantes y buenas actuaciones. Aunque describe muy muy muy de puntillas lo que es ser madre hoy en día y mezcla churras con merinas a placer. Porque no me digan ustedes que el tema principal de la peli (que no voy a destripar aquí, no tengan miedo) y las subtramas que genera no da suficiente texto como para hacer una película en exclusiva. ¡Qué va! Vamos a meter —con calzador— la memoria histórica (otro tema que tiene poca tela que cortar como para no hacer pelis y pelis y pelis dedicadas en su totalidad, como la sobrecogedora El silencio de otros producida, por cierto, por El Deseo).

Miren, no sé. A mí Almodóvar me fascina (fíjense en cómo se titula este blog que no lee casi nadie). Mataría por ser una chica almodóvar: me conformaría con llevarle los cafés y hacer las fotocopias, hasta ese nivel llega mi pasión. Sin embargo hay que saber ser críticos, incluso con tus ídolos: cualquier madre primeriza con ganas infinitas de serlo (¡atención, posible spoiler!) sabe perfectamente lo que es la muerte súbita.

_Nota al margen_ Recuerdo ahora el jaleo que se montó con el cartel "teaser" diseñado por Javier Jaén y pienso que no sé a cuenta de qué tanta trifulca cuando la lactancia materna brilla por su ausencia en todo el film. Ni una teta lactante se ve. De hecho ahora mismo me planteo no sé a cuenta de qué ese cartel si tiene tan poco que ver con la peli.

27/9/21

No tiene importancia

No puedo decir que fuera de las primeras personas a las puertas de la tienda de discos esperando a que abrieran aquel 24 de septiembre de 1991. Con casi dieciséis años mis intereses musicales se encontraban más cerca de los New Kids on the Block (un guilty pleasure como otro cualquiera) que de una banda protestona que grababa videos con animadoras agitando los pompones dentro de ambientes cargados.

Mi relación con Nirvana empezó con seguridad un par de años después. El recuerdo de estar punteando Come as you are en la habitación de unos colegas dentro de su colegio mayor mientras pasaban el vídeo del unplugged una y otra vez en la MTV. Estar bailando Lithium  a pogo en la chupitería con mis amigos del pueblo. Un intento de fuga —infructuoso por mi parte— hacia La Casilla de Bilbao para poderlos ver en directo.

Aunque me gustaban a rabiar en aquellos tiempos, creo que me siento ahora más identificada con su ira y desconsuelo ahora que con veintipocos años (entonces era una ingenua). Me parece increíble que hayan pasado treinta años. 

Ayer pinché el Nevermind de Nirvana a todo trapo mientras trataba de arreglarme un poco. Cantaba a grito pelao algunos de los estribillos. Me entraban ganas de ponerme a fumar de nuevo, con un whisky seven Up entre las manos, y me entraban ganas de bailar.

Recordé una anécdota bobalicona que me sucedió mientras estaba trabajando en una estación de servicio para costearme el fin de la carrera. Mientras reponía alguna de las mierdas que ya se vendían a finales de los 90 en las gasolineras, fuera se oía High way to Hell de AC/DC a volumen nuclear. Una voz masculina acompañaba por momentos el canto de Brian Johnson. Terminada la colocación de las chucherías, me asomé al lavadero de coches intrigada por saber quién era ese ser tan molón: un señor de cuarenta y tantos, escaso de pelo aunque con coleta, tripudo, con una camiseta negra sin mangas y un Mercedes gigante, más gigante aún comparándolo con su estatura.

Me imagino a alguno de mis nuevos vecinos, estudiantes universitarios todos ellos, asomándose al ventanuco de su baño para cotillear el del mío pensando en quién sería la tía tan LOL que estaba vociferando In Bloom el domingo por la mañana, y que se topara conmigo.

(Tampoco tiene importancia, pero hoy es mi cumpleaños.)