Este es un
sabio refrán castellano que mi madre me recordaba continuamente cuando dejaba
algo a la mitad. Por ejemplo, si me iba al cole sin hacer la cama, me lo decía.
Si llegaba el domingo y no tenía los deberes hechos, lo mismo. Si tenía una
entrevista de trabajo, ídem. Lo que pasa es que mi madre nunca me especificó
qué tipo de bragas debía de llevar.
Érase una vez un
soleado día de primavera de mayo de 1.995 cuando Calamity y sus amigos de la
facultad estaban disfrutando de una de sus ociosas tardes de clase –vamos, de
no clase- tirados en el césped del parque de San Martín, cercano a la
Universidad. Todo era alegría, cartas y amarracos, cigarritos y sonrisas. Hasta
que la negra nube del Cólico Miserere invadió la idílica tarde. Y a que no
imagináis a quién le descargó encima todo el chaparrón. Pues sí, a la mismísima
Calamity.
Al principio Cal se
encontraba un poco revuelta. “Bah, -se decía- será la mezcla de sol y cervecita
fresca”. Pero más tarde ya se empezó a dar cuenta de que eso no era la
sensación onírica que provoca el beber con toda la solanada, era algo más
serio. Como siempre haciéndose la valiente respondía continuamente “no es nada,
no es nada”. Hasta que ya no aguantaba más los –digamos- retortijones de dolor
y exclamó a la enésima pregunta qué-te-pasa: “Tíos, es apendicitis”.
Revolución,
alboroto, anarquía: “Llamamos a un taxi”. “No, llamamos a la ambulancia”. “¡Qué
coño, yo tengo el coche ahí aparcado!” “Tía cómo vamos a conducir con este
estado etílico” . “Bueno pues llamamos a la ambulancia”…”Baaaaaasta –gritó
Calamity-. No vais a llamar a nadie ni vamos a ir a ningún lado salvo a mi
casa”. Os podéis imaginar el jeto de estapobreestáloca que pusieron todos. “Que
sí, que yo tengo que ir primero a mi casa a por unas cosas (era la segunda vez
que le daba un pseudo ataque de apéndice) y no se hable más”.
Nadie entendía esa
decisión tan sorpresiva. Estaba doblada de dolores y no quería ir al hospital a
que le extirparan la raíz del mismo. Sólo ella sabía los motivos de tan
drástica decisión: las braguitas que llevaba puestas ese día. No os podéis
imaginar lo feeeeeas que eran. Horrorosas, feísimas, de escándalo. Os haría un
dibujo, pero no tengo tiempo, así que paso con la descripción: unas braguitas
estilo años 70 (vale, ahora se llevan, pero en los 90 continuaba el Reinado del
Tanga), de cinturilla baja, de color visón más bien oscuro y caladas con topos
negros diminutos. Por supuesto de algodón, ya rancio por el uso. Y con dos
lacitos de inocente rosa pálido a cada lado de la curva de Praxíteles. Un
espanto. Un desacierto de bragas para tan fatal día.
Fueron a casa de
Calamity para que ella cogiera sus cosas y se marcharon para el hospital más
cercano, justo en la otra punta de la ciudad. Cuando salió de casa no llevaba
nada que delatara que hubiese cogido algo nuevo para el hospital. Nunca nadie
supo, hasta hoy, el porqué de su paso obligado por casa.
Salud
para todos (y besitos).
Calamity.

