18/4/05

Hagas lo que hagas, ponte bragas

Este es un sabio refrán castellano que mi madre me recordaba continuamente cuando dejaba algo a la mitad. Por ejemplo, si me iba al cole sin hacer la cama, me lo decía. Si llegaba el domingo y no tenía los deberes hechos, lo mismo. Si tenía una entrevista de trabajo, ídem. Lo que pasa es que mi madre nunca me especificó qué tipo de bragas debía de llevar.

Érase una vez un soleado día de primavera de mayo de 1.995 cuando Calamity y sus amigos de la facultad estaban disfrutando de una de sus ociosas tardes de clase –vamos, de no clase- tirados en el césped del parque de San Martín, cercano a la Universidad. Todo era alegría, cartas y amarracos, cigarritos y sonrisas. Hasta que la negra nube del Cólico Miserere invadió la idílica tarde. Y a que no imagináis a quién le descargó encima todo el chaparrón. Pues sí, a la mismísima Calamity.

Al principio Cal se encontraba un poco revuelta. “Bah, -se decía- será la mezcla de sol y cervecita fresca”. Pero más tarde ya se empezó a dar cuenta de que eso no era la sensación onírica que provoca el beber con toda la solanada, era algo más serio. Como siempre haciéndose la valiente respondía continuamente “no es nada, no es nada”. Hasta que ya no aguantaba más los –digamos- retortijones de dolor y exclamó a la enésima pregunta qué-te-pasa: “Tíos, es apendicitis”.

Revolución, alboroto, anarquía: “Llamamos a un taxi”. “No, llamamos a la ambulancia”. “¡Qué coño, yo tengo el coche ahí aparcado!” “Tía cómo vamos a conducir con este estado etílico” . “Bueno pues llamamos a la ambulancia”…”Baaaaaasta –gritó Calamity-. No vais a llamar a nadie ni vamos a ir a ningún lado salvo a mi casa”. Os podéis imaginar el jeto de estapobreestáloca que pusieron todos. “Que sí, que yo tengo que ir primero a mi casa a por unas cosas (era la segunda vez que le daba un pseudo ataque de apéndice) y no se hable más”.

Nadie entendía esa decisión tan sorpresiva. Estaba doblada de dolores y no quería ir al hospital a que le extirparan la raíz del mismo. Sólo ella sabía los motivos de tan drástica decisión: las braguitas que llevaba puestas ese día. No os podéis imaginar lo feeeeeas que eran. Horrorosas, feísimas, de escándalo. Os haría un dibujo, pero no tengo tiempo, así que paso con la descripción: unas braguitas estilo años 70 (vale, ahora se llevan, pero en los 90 continuaba el Reinado del Tanga), de cinturilla baja, de color visón más bien oscuro y caladas con topos negros diminutos. Por supuesto de algodón, ya rancio por el uso. Y con dos lacitos de inocente rosa pálido a cada lado de la curva de Praxíteles. Un espanto. Un desacierto de bragas para tan fatal día.

Fueron a casa de Calamity para que ella cogiera sus cosas y se marcharon para el hospital más cercano, justo en la otra punta de la ciudad. Cuando salió de casa no llevaba nada que delatara que hubiese cogido algo nuevo para el hospital. Nunca nadie supo, hasta hoy, el porqué de su paso obligado por casa.

Salud para todos (y besitos).
Calamity.