5/8/14

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¡Hasta pronto, Jesús!

(Me gustaría creer que ese hasta pronto no esconde en realidad un adiós. Me gustaría escribir un montón de historias vividas junto a él, pero hoy no me sale nada.)

19/7/14

Portishead Live in Madrid, 18/Julio/2014. 
¡Que veinte años no es nada!

Con lo poco que me cuesta ponerme a teclear en este blog, en serio que no sé cómo comenzar la entrada de hoy. Tampoco tenía pensado escribir nada, pero posiblemente esté con algo así como el efecto reverb de una droga alucinógena o, peor aún, con el mono de la misma. El narcótico en cuestión se llama Portishead y he esperado veinte lar-guí-si-mos años para disfrutarlo in situ.

Todo empezó en el, obviamente, noventa y cuatro. Estudiar publi te sumerge en una especie de vértigo por estar a la última en todo, en no bajarte del carro nunca y en soltar un pedante ya les conocía cuando tu amigo de toda la vida (pobrecillo estudiante de cualquier otra cosa menos cool) aparece emocionado queriéndote aportar alguna novedad sonora en tu vida. No sé en qué clase una buena tarde nos proyectaron unos cuantos anuncios entre los que vimos este. Antes no existían aplicaciones de móvil (¡ni móviles!) que a golpe de clic te desvelaran el misterio de una canción y para encontrar algo se iniciaba una subida al monte calvario que pasaba por leerte toda la prensa sectorial, por ir a preguntar al profe y por asediar al colega ya licenciado que estaba currando y más al día, si eso era posible, que tú.

Así fue como descubrí el último corte de Dummy, el primer disco del trío de Bristol. Y anoche por fin escuché "Glory Box" saliendo de la propia boca de Beth Gibbons (y de las ocho mil almas que nos congregamos en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid).

Siete músicos en el escenario y la rigurosa oscuridad solo rota por una catarsis de imágenes que, en función de las canciones, se iban sucediendo en la gran pantalla que vestía el escenario. Los mínimos fuegos de artificio, que no son necesarios cuando las verdaderas llamas se hallan en la Música (con mayúscula).

Portishead llevan con el mismo set list -introduciendo ligerísimas modificaciones- desde el año 2008, aspecto que desconocía hasta hoy, así que ayer me llamaba poderosamente la atención la precisión quirúrgica con la que se iban sucediendo las canciones. Los ratos en los que podía atender a algún pensamiento diferente de esto es la hostia, me preguntaba si los de Bristol y sus cuatro acompañantes estaban disfrutando de su trabajo o simplemente se habían subido al escenario para pasar el trámite. Ay, Calamidad, qué dudas más tontas, originadas seguramente por la lejanía a la que nos encontrábamos del escenario. La propia Gibbons se ¡bajó al foso! Ô_Ô para estrechar las manos de los asistentes en las primeras filas mientras agradecía en español con una voz de veras emocionada.

La intensidad estuvo presente desde el principio. Nada de medias tintas, niños: "Silence", "Nylon Smile", "Mysterons" (primer momento karaoke). Eso para empezar. "The Rip" marcó el primer punto de inflexión. Para mí fue uno de los momentazos del concierto. Si no conoces el repertorio de Portishead, se puede confundir el inicio cadencioso con un bajón después de las apisonadoras sonoras precedentes, pero ¡qué va! Esto es como quien te hace un mimo para que te relajes y al segundo te golpea con la mano abierta y muy mala leche.

Y si hablamos de bofetadas sonoras, "Machine Gun" y "Cowboys" fueron sin duda los temas que nos trataron a los allí presentes como un saco de boxeo. Caricias con "Roads", "Glory Box" (lógico) y una versión rayando el desenchufado de "Wandering Star". Apoteosis final con "We Carry On".

Sorprendente el silencio sepulcral a ratos dentro del recinto. En mi vida he visto semejante comunión entre público y artista. Y he ido a algún concierto que otro.

B R U T A L

7/7/14

El don de la inoportunidad.

Terrazas, divino tesoro estival. Ir a un bar y poder respirar aire, aunque sea el contaminado de Madrid. Sentarte o tumbarte en los sofás esos que suelen decorar los locales más posh de la capital y adivinar formas en las nubes con tu cerveza, tu cocacola, tu lo que sea al lado. Y el ruido que escupen los altavoces de tropecientos mil watts clavándosete en el tímpano.

¿Por qué? ¿Por qué necesariamente tenemos que estar rodeados de ruido en todas partes? ¿POR QUÉ? Porque eso, la música a todo trapo en una plácida y resacosa tarde de domingo, dejándote mesar la melena con el huracanado aire que se gasta últimamente la Villa y Corte, no es música. Es ruido. Por mucho que sean los grandes éxitos de Aretha, Otis, Ray y/o Etta James.

El día menos pensado escucharán en las noticias que una persona incendió al deejay de turno (o la fuente que proporcione dicho fragor) con la velita que por norma existe en todas y cada una de las mesas de ese tipo de terrazas que hace las veces de reposapapeles con el precio de la comanda.

¡MPFFF!

1/7/14

Modigliani.

Cuando era enana pocos aspectos me fastidiaban más de las clases de Literatura y de Arte que tener que estudiar las vidas de los artistas. Lo veía tan ridículo como si al aprender el Modelo Atómico de Bohr, tuvieras también que memorizar la obra y milagros del físico danés.

No sé si fue culpa de mi creciente vouyerismo o de encontrarme con un profesor fascinante en la Universidad lo que hizo que empezara a encontrarle sentido al contexto vital de un autor a la hora de entender su obra. Hoy en día no me mata conocer las biografías de nadie, pero si por un casual estas se cruzan conmigo, pongo la oreja con atención.

Hace unos meses me pasó por delante la historia de Amedeo Modigliani. Para mí el pintor y escultor livornés era sobre todo el cuadro que estaba colgado en los reservados de una discoteca a la que solía ir (hasta que se quemó). ¿Me gustaba? ¡Claro! ¿Sabía algo más de él, por qué había pintado aquel cuadro así? No.

Estoy convencida de que algo, algo conocen de las memorias de Van Gogh, lo de su oreja, que solo vendió un cuadro, etcétera. Pues esa triste historia es un festejo continuo al lado de la de Dedo y su mujer. Me quedé tan noqueada que iré a visitar su tumba con flores en mi próximo viaje a la Ciudad de la Luz como si de un familiar amado se tratase. Además me beberé una absenta in memoriam en Le Lapin Agile, uno de mis locales preferidos de París que, al parecer, también lo era de la pareja, ¡todo encaja! :-D

(Y todo este rollo, ¿paqué? quizá se estén preguntando.)

Rouge Nude, 1917. Colección particular (sniffffff sniff).
Hoy, después de casi cinco años, he ido de visita a mi antiguo trabajo. Todo estaba igual y a la vez todo había cambiado, sobre todo los metros cúbicos del que me hizo la vida imposible. Todo me era familiar y a la vez ajeno. Miraba antiguos proyectos en los que participé colgados por las paredes, en las estanterías, y los sentía lejanos, con una mezcla de cariño y tristeza, supongo que nostalgia.

Por más que he tratado de evitarlo, de regreso a la minimansión la palabra fracaso ha sido mi compañera de viaje. Y me vino a la memoria Modigliani.