24/11/14

The Drums Live in Madrid, 22/Noviembre/2014.

Tenía mucho mono de música en directo después de haberme perdido el Bime Live de cabo a rabo por causa de fuerza mayor. También tengo ganas de ponerme a teclear sin orden ni concierto, escribir algo más que trabajos para clase e emails.

Sin embargo esta crónica trasnochada no va a pasar de los dos párrafos sin sustancia: me lo pasé como una enana, saltando y berreando, en el concierto ¡buenísimo! del ahora dúo The Drums. Un must -que diría un moderno- para cualquier consumidor de música actual con regusto al Sonido Mánchester.

26/10/14

Eso es todo, amigos.

(No se me asusten que no dejo mi vida como blogger. Ahora bien, les espera una mierdapost de los míos, así que si quieren gastar su tiempo dando un agradable paseo veraniego a finales de octubre patrocinado por el cambio climático, seguro que ganan más.)

Esta última semana se han acumulado tres circunstancias que me han hecho pensar en hasta qué punto todo esto -la vida tal y como la conocemos- compensa. Comenzaré yendo hacia atrás en el tiempo.

El viernes, después de no poder pisar una sala de cine en mes y pico por falta de tiempo, fuimos a ver Boyhood. Fue una equivocación (en realidad íbamos a ver otra que ya no está en cartelera) y como tal las tres horas que dura semejante bodrio se hicieron a lo último eternas. A mí es que me gusta que me mientan, que aunque me estén contando una historia cotidiana que le pueda pasar a cualquier hijo de vecino, incluso a mí, todo sea mentira. Una mentira creíble. Y esta peli es muy de verdad, tanto que se ha tardado en rodar once años para que los actores crecieran.

Pero Linklater es lo que tiene, que dirige largos infumables que, tras el encendido de las luces de la sala, te hacen comerte el coco de lo lindo. Hay una escena que todavía ocupa algún que otro minuto de mi existencia en la que el personaje de Patricia Arquette expresa entre sollozos algo así como que esperaba algo más de la vida (no le va nada mal, conste en acta).

Cinco horas antes, en la clase de Historia del Arte, nuestro profesor nos hablaba del Paleolítico y del Neolítico y de cómo el paso de una a otra época supuso el gran cambio para la raza humana: en aras de la seguridad y la comodidad renunciamos a la libertad. También expresaba que en cierto modo nuestro sedentarismo social nos apesta, echamos de menos la vida nómada y la aventura. De no ser así, ¿por qué viajamos siempre que tenemos oportunidad, por ejemplo? (esto es cosecha mía). No es la primera vez que oigo a alguien versado decir que le encantaría ser un neardenthal (en el sentido estricto de la palabra, no en el figurado).

El martes estaba viendo mientras comía un capítulo de la primera temporada de Mad Men (sé que no tengo remedio, que ya la he visto de cabo a rabo, que bla, bla, bla, pero esta serie es la justificación que necesito para engañarme a mí misma pensando que mi profesión es guay, necesaria e incluso que da dinero). En dicho capítulo, el cuarto o el quinto, no recuerdo, aparecía un vagabundo. El pequeño Don Drapper escuchaba atentamente el discurso de aquel hombre después que le llevara unas mantas para que pudiese descansar en el pajar. El hombre decía que antes de convertirse en un ser errante había tenido esposa, hijos, trabajo e hipoteca y que un día se levantó de la cama y se dijo que para qué quería todo aquello. Fue entonces cuando cogió la puerta para no volver jamás.

Así que, ¿realmente esto es todo, no hay nada más?

10/10/14

El tiro por la culata.

Hace un tiempo, cuando repatriaron al primer misionero contagiado de ébola a Madrid, estuve tentada de escribir algo al respecto. Recuerdo que se armó un revuelo majo, con posturas muy encontradas. Mi opinión al respecto fue simple: lo que quiero para mí, igualmente lo quiero para los demás. Si estoy en medio de vaya usted a saber dónde y caigo enfermísima, me encantaría que me devolvieran a casa entre algodones y a gastos pagados. La afección que sufriese sería lo de menos en este caso.

Sin embargo no creo que la decisión tomada por el gobierno tuviera el punto altruista que en principio parece. Si hablamos de filantropía, mi profe favorito no tendría porqué haber muerto de malaria en la conchinchina. También era misionero. También estaba ayudando a los negritos.

Llámenme suspicaz, pero detrás de toda esa parafernalia de trajes galácticos, se escondía una maniobra política de tomo y lomo: colgarse la medalla de oro por haber curado fuera de África a un infectado de ébola. El trofeo iría directamente al desangelado palmarés de la era Rajoy. Ana Mato ya no pasaría a la Historia como la ministra del confeti y los Jaguar en el garaje. Los recortes en sanidad quedarían sepultados en el baúl de los recuerdos. Las mareas blancas pasarían a la tercera división regional del pulso informativo.

Lamentablemente les ha salido el tiro por la culata. Murieron Miguel Pajares y Manuel García a pesar de los esfuerzos médicos (no me cabe la menor duda de la excelencia del trabajo de los sanitarios que les cuidaron). Y abrieron las puertas de par en par al bichito ese que nos ha hecho ver con un golpe en la jeta que África existe.

Me vienen a la cabeza discursos vacíos de mandatarios hablando de la conversión de nuestro país en una república bananera. La lástima es que estos mequetrefes no se han dado cuenta de que España no es una república porque es una monarquía. Una monarquía bananera.

6/10/14

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Tenía preparada una foto estupenda de un pino piñonero perteneciente a una finca de Pozuelo que, pobre, está caído, casi en posición horizontal. Lejos de verle enfermo, el árbol respira salud y se niega a morir. Instinto de supervivencia. Por eso me gusta la foto, por la supervivencia. Uno puede estar hundido en la miseria, pero sobrevive.

No la voy a colgar hoy.

Me están empezando a salir planes. Estoy estudiando de nuevo (sí, ¡entré!) y me he embarcado en un proyecto laboral (como autónoma cuasi presencial, un mal de nuestros días) que al principio me molaba, pero del que ahora no estoy tan segura. Para qué engañarme: no me gusta. De lo que me dijeron a lo que es, hay un mundo. Ni más ni menos que la diferencia entre un trabajo medio digno y pagar por trabajar (¡el día que espabile!). Pero... uno tiene que cargar con las cagadas que comete.

Aún así no me siento como el pino de Pozuelo. O sí porque, a pesar de todo, me encuentro con ganas de tirar p'alante.

27/9/14