14/11/17

Cava.

Hoy por fin me he deshecho de un par de botellas de cava que atesoraba en la nevera. Las llevé a la minimansión al poco de fallecer mi madre, tras una mini limpieza.

Supongo que en su momento fueron de mis familiares de Barcelona, una suerte de peladillas o de polvorones sabor limón del aguinaldo navideño que ahí se quedaron, a la espera. Y así han estado en la nevera de Madrid, a la espera de ser descorchadas durante tres años.

Sucede que en este tiempo no ha habido nada especial que celebrar. Si nos ponemos en plan zen, todos los días podrían ser una celebración (he visto algunos amaneceres merecedores de ello, por poner el clásico ejemplo), pero el caso es que del 2014 al día de hoy nada festejable ha sucedido.

Así que, cansada de verlas en la nevera, ocupando hueco –hueco que ahora ya no necesito, la verdad sea dicha–, las he despojado de la vitola, del seguro metálico, del tapón de corcho, ¡pop!, y las he vaciado en el fregadero de la cocina. Después he abierto el grifo medio minuto para arrastrar bien el líquido elemento.

Ni siquiera he probado un poco. Ni por curiosidad.

7/11/17

Propuestas musicales LVI | Quimeras.

Miro por la ventana. Veo el mar. Veo a algunos valientes que se atreven a darse baños aún en estas fechas. Alguna gente pesca, con las manos en los bolsillos, no sé si por la brisa fresca o por mero aburrimiento.

Las palmeras se mecen de cuando en cuando, igual que los molinillos que he anclado hoy a los barrotes de la terraza. Esta mañana los bonsáis han pasado por la pelu; pobres, se creen que es de nuevo primavera (y no sé cómo hacerles ver que no).

Los días comienzan a enfriarse, si es que tener 22º se puede considerar frío. Echo de menos los abrigos, las botas (¡botas!), las bufandas, los guantes y tenerte que encasquetar un algo en la cabeza porque afuera está lloviendo. Algunos días de verano en mi pueblo hace más frío que aquí hoy, aunque ya apetece ponerse un jersey fino cuando el sol se oculta.

Mi pueblo. Llevo veinticinco años fuera y aún lo considero mío.

Pincho a Travis en el equipo de música y baja aún más la temperatura, crecen montañas a mi alrededor, crecen álamos y olmos, unos cúmulos anuncian que mañana es posible que llueva y Lili me llama para que vaya a tomar algo por ahí con ella hasta la hora de la cena. En los bares hace calorcito y dejamos el abrigo en una montonera que se levanta encima de un sillón arrinconado.

3/11/17

Leer como se escribe.

Hace tres días hice algo insólito para mí: fui a la salida del cole de mi sobrino. Si exceptuamos las veces que he ido a buscar a mi madre o a la madre de mi adorado al cole, nunca antes lo había hecho. Al menos que yo lo recuerde.

Fue una experiencia muy agradable. No digo que los niños te reciban como tu perro en casa tras un día de trabajo fuera (o simplemente tras haber ido a comprar el pan), pero mola, te sientes un poco importante para alguien con esos saltos y el beso previo al bocadillo de Nocilla (¡Nocilla!).

Ciertas costumbres parece que se transmiten de generación en generación y, al igual que hacía yo cuando padre, madre o ex-abuela venían a por mí al patio, mi sobrino se quedó jugando un rato con sus colegas. Mientras tanto –y esta es la parte que no conocía, aunque intuía– los padres nos apostamos en las escaleras, debajo de un tejadillo de falsa Uralita, al lado de canasta de baloncesto, para hablar, ¡cómo no!, de los hijos y sus avances en lo académico y lo familiar.

Entre planificaciones consanguíneas exitosas y fallidas, surgieron los problemas con la materia temida. ¿Matemáticas? ¡Qué va!, en primero de primaria todo es fácil en este sentido, sumar, restar… La materia temida es… el inglés. Porque, claro, no se lee como se escribe y eso es una gran faena para los padres que desistieron de expresarse en otra lengua que no fuese la suya antes de empezar el bachillerato.

En la casa de la playa –muy lejos de mi sobrino y sus avances con los colores y los números en otros idiomas (soy mala y a veces se los chapurreo en catalán o francés de estrangis)– es raro que hable en castellano. Mi idioma aquí, pese a estar dentro de España, es el inglés.

Hace unas semanas coincidimos en una fiesta (va a parecer un chiste) cuatro portugueses, una norteamericana, un hispanomarroquí nacido en Inglaterra, una alemana, un escocés y dos españoles. Varios de ellos llevan ya más de un año viviendo en esta ciudad, pero para no complicar más esa Babel en la que nos juntamos, decidimos hablar en, cómo no, inglés.

Me quedé muy pero que muy sorprendida cuando preguntando al escocés si sabía algo de castellano (más o menos el resto medio entendía, si no hablabas deprisa), nos contestó que había tratado de estudiar algo de español, pero que era una faena porque no se lee como se escribe.

27/10/17

Mi último día por Barcelona siendo capital de la todavía comunidad autónoma de Catalunya.

Después de un viaje plagado de sucesos por Italia –en el que me pasaron cosas maravillosas (como ver la Cappella Portinari prácticamente sola) y cosas tremendas (como que se me jodiera el p*^@ pentaprisma de la cámara en medio de Staglieno)– el colofón de las adversidades se lo llevó una avería en una válvula del motor del avión mientras sobrevolábamos extasiados los Alpes.

Tal pequeñez hizo que pasáramos toda una jornada entre Milán y Barcelona esperando a que saliera un avión rumbo a la casa de la playa. Es lo que tiene no vivir en capitales, que cualquier minucia te hace perder un día completo de tu vida entre enlace y enlace.

Pero no nos pongamos negativos, que dicen los coachs y los gurús que es malo para el alma, el estómago y bla bla bla. Además que siete horas muertas en la Ciudad Condal dan para llevar a cabo algún que otro menester. Por ejemplo, una visita relámpago a mi familia, que no hace más que decirme que no les quiero porque no les voy a ver. (La misma distancia nos separa a ambos, ¿por qué no vienen ellos a verme? ¿es que no me quieren? Parece un poco ridículo como argumento para el desamor. O no... mmm).

Cuando llamé a mi tía, aún estando en Lombardía, me dijo que qué bien y que así veía todo el mogollón (tal cual) que había montado. En vez de coger ferrocarriles y metros que me acercaran al barrio, pillamos un taxi en plan burgués para ir oteando desde la ventanilla el ambiente de la calle.

La ciudad parecía estar en vísperas de Sant Jordi, con montones de banderas engalanando ventanas y terrazas. El caso es que no eran las clásicas senyeras sanjorgianas, si no esteladas. También habían banderas rojigualdas, más de las que pensaba, y alguna que otra azul profundo con un círculo formado de estrellas blancas, las de menor éxito a la hora de ataviar el balcón.

El caso es que no sé de qué me habría de extrañar. El mogollón del que me hablaba mi tía está también presente en el resto de los lugares en los que vivo. Me da igual en la capital del reino que en mi nueva ciudad. Veo banderas por doquier. Mi-re-a-don-de-mi-re. Y a mí las banderas, mpfff, no me gustan. Ninguna.

Así que como en este mundo capitalista en el que andamos inmersos nuestra manera de consumir también es nuestra manera de hacer política, he decidido que mi boicot (que da el temita para otro jugoso post en el que hablar de lo corto de miras que andan algunos en este mundo taaan globalizado) va a ser –lo es ya– con los establecimientos que se ornamenten con banderitas, sean del tipo que sean, la estelada, la rojigualda o la de Burkina Faso, por poner un tercer ejemplo ajeno al mogollón.

23/10/17

Vida Frankenstein.

_El mar que oigo tras la ventana, cuando no pasan coches por la carretera. El de San Vicente de la Barquera, en mis veranos de niñez. Incluso el de Somorrostro llena de jeringuillas infectadas de sida (esos nos decían), también en mi niñez.

_Las montañas palentinas. El Espigüete, el Curavacas, Peña Prieta... Subir hasta la estación de esquí abandonada de Valdecebollas. Perderme por aquellos robledales con las ganas y el miedo de cruzarte a un oso pardo.

_Las lágrimas de San Lorenzo desde el mirador de Valderredible, con una mantita al lado, por si sale el viento del Norte.

_La casa de mi ex-abuela tal como estaba antes de que sus sobrinos la vendieran, con la cocina de baldosines blancos en la trébede y pintura verde Nilo en las paredes, sin tele, con radio y un sofá en el que echar la siesta.

_El jardín de mi padre cualquier día del año.

_Fuente Sil en otoño, con los castaños de color cobre y las hortensias a punto de irse a dormir.

_La familia cuando aún vivían mis padres, mi tío y mi ex-abuela, en los 90.

_Oír el latido de un punto enano nadando despreocupado en una inmensidad bruna.

_Mis amigos y amigas del pueblo que en realidad son los de toda la vida.

_Mis compañeras, ahora amigas, de la Universidad.

_Las noches de Segovia y de Madrid antes de las leyes anti bares, anti botellón, anti gente, antes de Operación Triunfo.

_Tener al lado El Prado, el Louvre y los Museos Vaticanos.

_La eternidad en Staglieno. O con las cenizas desparramadas sobre Estambul y Roma y mi tierruca.