4/10/18

Lo importante.

Estábamos antes de ayer en la casa de la playa, a punto de dar por concluso el día, cuando a las once de la noche, algo más tarde, uno de los dos que habitamos entre estas cuatro paredes hizo una llamada de trabajo a un compañero. No presté demasiada atención, pero el tema, desde luego, no iba de suturar una aorta en la mesa de operaciones sino más bien de contrastar un email de un cliente o algo así.

Lo primero que pasó por mi cabeza fue: estos dos, ¿no tienen familia?, ¿no tienen vida personal?... Obviamente la tienen (¡hola, cariño! 😉). Lo que no sé es si la aprecian.

Amanezco hoy con múltiples y espeluznantes noticias; una de ellas llama poderosamente mi atención (esta). No se me ocurre dolor más profundo que la muerte de un hijo, sea cual fuere la razón de dicha muerte, y no seré yo quien emita juicio de valor alguno sobre el –puedo imaginar–  desolado padre.

Sin embargo sí me puedo permitir pensar en el modelo de sociedad en que vivimos, que perpetuamos, y en el asco que me da la misma cuando pasan este tipo de incidentes.

27/9/18

Cumpleaños total.

Hoy cambio de cifra en la cuenta de años.

Cran de Berry 43 (la receta, aquí).
Es el primer año, que yo recuerde, que no tengo ganas de celebraciones, casi diría que ni de que me llamen tengo ganas, aunque sé que hablar con amigos y familiares me hace ilusión y sobre todo me hace bien, porque no es un día para discutir y todo es zambra y jaleo.

Mi cumple siempre ha sido una fecha importante para mí. No es que me entusiasme cumplir tacos, pero la otra opción me gusta aún menos. El caso es que no recuerdo el momento en que comencé con una especie de ritual onomástico consistente en tratar de no llevarme ni un ápice de suciedad del año anterior al recién estrenado. Me afanaba en limpiar todo y en estar yo ese día –este– tan digna como para que me hicieran una sesión de fotos en el Vogue. Los años con tiempo (y con dinero) incluso iba a la pelu para sanear las puntas abiertas, recomponer el corte o retocar el tinte. Algunas veces me daba el capricho de estrenar un par de zapatos, un vestido, un jersey.

Este año sólo sé que ahora mismo me voy al gimnasio, con la cama sin hacer,  y que posiblemente el monitor vaya mejor depilado que yo.

Feliz cumpleaños para mí.

20/9/18

Propuestas musicales LVIII | Maruja.

Entiendo porqué mucha gente no quiere ir al psicólogo. No es porque piensen que ellos no están locos, es porque si el profesional es bueno, les van a hacer mirarse en un espejo que devolverá de vez en cuando un aspecto desagradable de uno mismo.

Eso me pasó anoche mismo a mí, que, correteando ridículamente por un camino lleno de piedras absurdas, vi por un instante la imagen de alguien de quien siempre he huido, o al menos he tratado de huir. Sea como fuere, aquí estoy y no me gusta nada de nada. Es más detesto profundamente el modelo que me devolvió ayer el espejo.

6/9/18

Comprensión lectora.

Durante las vacaciones de este remoto agosto en mi pueblo llovió un día agua y otro llovió Poesía. Desde el cielo un par de avionetas soltaron un montón de poemas que, gracias al suave viento del norte que soplaba aquel mediodía, se escondieron en los más recónditos lugares.

Fue maravilloso ir por las eras a punto de segarse, por los caminitos, bordear la tapia de las clarisas, mirar por debajo de los coches aparcados. Me sentí como una niña, ilusionada por hacerme con el mayor número de papeletas fluorescentes (la próxima vez que no se me olviden las gafas de ver para poder ver).

Eran poemas sencillos, de Fuertes, de Neruda, de poetas mainstream del siglo pasado, algunos de poetas menos conocidos por el público no asiduo como Pereda o León Felipe. Concretamente de este último fue el primero que encontramos mi casi-hermana Nina y yo:
¡Oh, pobres versos míos,
hijos de mi corazón,
que os vais ahora solos y a la ventura por el mundo...
que os guíe Dios!
Que os guíe Dios y os libre
de la declamación;
que os guíe Dios y os libre
de la engolada voz;
que os guíe Dios y os libre
del campanudo vozarrón;
que os guíe Dios y os libre
de caer en los labios sacrílegos de un histrión.
¡Que os guíe Dios!... Y el que os sacara
de mi corazón,
os lleve
de corazón
en
corazón.
Supongo que no soy buena leyendo en alto. Yo, en mi foro interno, me noto como un rapsoda heleno, pero de puertas para fuera temo que no es así la cosa: mi atento público me preguntó tras la lectura que qué significaba lo leído (insert emoji con sonrisa estupefacta).

En el transcurso de los siguientes días de recreo, con esas mismas personas que me oyeron declamar al bardo zamorano sin entender ni una coma, mantuve conversaciones –algunas de ellas bien acaloradas– sobre temas como el Procés, la Falange, la Guerra Civil Española, Ada Colau, Podemos y Venezuela, el Islam (así, en general), la inmigración, el nazismo y las primeras leyes animalistas (pregúntenme lo que quieran, ¡ja!), los ciclos hormonales femeninos, las catas arqueológicas, la sentencia de La Manada, Roswell y los niños índigo (¿eín?).

Ahora echen su imaginación a volar...

17/8/18

Pisar el acelerador a tope. O frenar en seco.

Si pensaban que un cambio de escenario me iba a librar de mi complicada química cerebral, se equivocaban (es decir, me equivocaba).

Todo empezó hace poco más de un año cuando, sea por lo que fuere, me veía incapaz de terminar el PFG ya casi en última convocatoria. Acudí a una profesional para que me ayudara a sacar adelante el tema. Me parecía terrible haberme dejado los cuernos varios años en un grado (que entre otros motivos comencé para reengancharme al mundo profesional) y no iba a obtener el título (que a efectos prácticos sólo vale en el ámbito de la empresa pública), habiendo sido la mejor de la promoción, porque no pudiera dar puntilla al maldito proyecto (aunque ¿cuánta gente hay por ahí válida que no consiguió sacarse tal o cual asignatura?).

Durante aquellas sesiones entre pinceles y calendarios con fechas de entrega, la terapeuta y yo abrimos mi caja de los truenos alguna que otra vez. Seguramente se abrió sola porque nunca he conseguido cerrarla del todo desde el ya lejano 2008. El día que Ana -así se llamaba mi coach- me dio el alta, dejó caer que siguiera con la terapia allá donde fuera.

Todo esta introducción sirve para contar que mi nueva almohada, aquí en la casa de la playa, me pega mucha caña. Me pone unos deberes que yo, sumisa como papá y mamá y el colegio de monjas me enseñaron ser, trato de cumplir escrupulosamente.

Uno de los últimos ha sido redactar de nuevo mi currículum. Claro que un currículum para puestos creativos no es igual que un currículum para puestos administrativos y la tarea en cuestión me ha obligado a hacer algo que quizá llevo postergando demasiado tiempo: revisar todos y cada uno de los proyectos de diseño en los que he participado desde el inicio de mi vida laboral, poco después de que confirmáramos que el Efecto 2000 no fue un cataclismo de alcance planetario.

Pues estoy hecha papilla por tal cosa y la razón es bien simple: poco se puede salvar de la quema del terabyte que atesoro con el nombre de W. Casi todo me parece de una mediocridad supina. Trabajos insulsos, pasados de moda, exigencias de clientes sin pizca de condescendencia, chorradas, mierda.

Después de semejante berrinche estoy tratando de ponerme en modo positivo, ver qué puede ser susceptible de ser mostrado y aferrarme a ello como que no hubiera un mañana. Pero, lo haga o no, no puedo dejar de preguntarme cuándo será mejor tirar la toalla que seguir ciega en este empeño.  Cuándo se sabe que no se puede hacer más de lo hecho ya. Cuándo hay que desistir de la terquedad.