15/9/14

Las preocupaciones de una púber de mediana edad.

Mañana tengo un (tres) examen(es). Y aquí me tienen perdiendo el tiempo, porque como buena adolescente lo he dejado todo para el último día, vamos, que no he estudiado nada, he dibujado poco y he practicado menos. Suele pasar: cuando más me apetece planchar es cuando tengo un plazo de entrega de cualesquiera cosa apurado-apurado.

Tengo una buena excusa para mi irresponsabilidad y es que pensaba que catorce años de carrera profesional y una nota envidiable en la selectividad del 1993 (glups), me iban a asegurar un acceso directo a la Uni. En cualquier caso, el día que me preinscribí, hice acopio de unos buenos apuntes de Historia del Arte por si acaso.

Hoy les estoy repasando y me estoy dando cuenta que son poco más o menos como el libro para sacarse el carné de conducir, es decir, que lejos de cultivarse en Arte, lo que se estudia es cómo sacar una nota decente en las pruebas de acceso a la Universidad, de la misma forma que cuando vas a la autoescuela aprendes a aprobar el teórico y el práctico, pero no a conducir.

Me consuela que mis dos últimas tardes a la carrera -de no ser así, no sería yo- por las galerías del Louvre (buscando como una loca el Escriba sin saber que era materia de examen) y Orsay (aquí El almuerzo sobre la hierba que no encontré, sniff) leyendo cartelas de distintas piezas, me van a iluminar más que toda la matraca de pedeefes que memorice hoy.

Eso espero.

11/9/14

París, je t'aime, mais pais beaucoup.

La primera vez que fuimos a París nos acabaron echando de Versalles. El Sol se estaba ocultando por el horizonte, formando un reflejo largo y amorfo en el Gran Canal, y no nos queríamos ir sin disfrutarlo. Habían anunciado varias veces por megafonía el cierre del palacio. Ya no quedaba nadie en los jardines; intuí que tampoco en los edificios. Pero allí estábamos nosotros, sentados, felices... hasta que llegó el guarda farfullando qué sé yo en francés.

A la salida nos dimos cuenta de que la Luna había saltado por las verjas provocando, restándole protagonismo al moribundo día. Frenamos en seco y puse mi típica carita de cordero degollado cámara en ristre. El guarda depuso su empeño en la expulsión y nos dejó a solas mientras se iba hacia la garita retalando no sé qué en francés.


Morfeo se ha olvidado esta noche de mí. En apenas cinco horas cojo un vuelo a París y estoy nerviosa. Va a ser la primera vez en mi vida que turisteé sola, que me pierda a posta por las calles en silencio, sin prisas, saboreando una forma de vida a la que no estoy acostumbrada.

8/9/14

Propuestas musicales XLVII. 
Ayer.

Estoy corroída por la nostalgia. Ay. No es depre postvacacional. No he tenido de eso jamás (excepto los lunes (o ¿era resaca?)). Además que podría afirmar que mis auténticas vacaciones comienzan en un par de días. El caso es que apoyar tu presente en recuerdos del pasado no debe ser muy bueno.

No hago otra cosa que pensar en carreras por la A6 con la cabeza colgando por la ventanilla del coche, en devorar helados en Pintor Rosales, en atracos a tiendas de Fuencarral (cuando Fuenca era Fuenca) con el dinero de la paga abrasándonos los bolsillos, cafés, cañas, conciertos, baretos, discotecas, mirar nubes tumbados sobre el césped de cualquier parque...  Echo de menos a mis amigos. Tengo el don de enviarlos a todos a tomar por culo de mí.

Aunque se dice que nunca es largo el camino que conduce a la casa de un amigo, a veces mil kilómetros se hacen cuesta arriba.

29/8/14

Calma chicha.

Me gustan los últimos días de agosto en Madrid. Les comparo con la quietud que se respira justo antes de que estalle una tormenta. El sonido del tráfico está amortiguado y la gente vaga por las calles con galbana, ajena al trasiego estresante en el que se transformará la capi cuando la depresión postvacacional campe a sus anchas agriando el carácter de los ciudadanos.

Anoche.

27/8/14

De palacio en palacio.

Antes de que Buda alcanzara el Nirvana se llamaba Siddharta Gautama y era el príncipe del clan de los Sakyas que vivían en una región del norte de la actual India.

En cada cambio de estación la corte también cambiaba de residencia y para celebrar tan magno evento se organizaba un fastuoso desfile por las calles que conducían de uno a otro palacio. Suddhodana, el monarca y padre de Siddharta, trataba de proteger a su heredero de todo sufrimiento ocultándole la pobreza, las enfermedades y la muerte de sus feudatarios. En las vísperas de la mudanza el amante progenitor y sus colaboradores ordenaban a las fuerzas de seguridad que mantuvieran alejados a los pobres, a los enfermos y a los muy ancianos de los lugares por los que iban a circular y así se montaba lo que hoy en día podríamos denominar un cordón policial.

En una de las procesiones un leproso se zafó del cerco y pudo acercarse lo suficiente a la comitiva como para que el joven príncipe lo viera. Aquella extraña persona llamó la atención de Siddharta que hizo parar su carruaje para salir de su duda: ¿por qué ese humano era tan diferente a todos los que él estaba acostumbrado a ver?

Vagó por las callejuelas de la ciudad y se percató de que había un mundo muy alejado de su realidad en el que la gente era pobre, enfermaba y se moría. Un mundo en el que el oro y las gemas se convertían en barro y piedras que mellaban la planta de los pies. Tuvo la gran suerte de darse cuenta de que aquel mundo que le habían ocultado, sucio y lleno de sufrimiento, era más auténtico que el que él había vivido.

Siddharta no volvió la cara para otro lado y, si bien no escogió la política para intentar solventar los sufrimientos de las personas, trató de acotar su aflicción de manera ascética (lo consiguió y nos mostró el camino por el cual poder llegar a la Iluminación).

¿Cómo es que me viene a la cabeza toda esta fábula de los años de Maricastaña? Tranquis, queridos lectores, no he retomado el camino de la fe (budista, musulmana, judía, cristiana, satánica or whatever).

Me he acordado de Buda mientras trataba de mantenerme más o menos al día con la visita a España que ha organizado el gobierno de Rajoy a la lideresa de Europa. Tal vez no deberían tomarme en serio ya que ando tan absorta en mis asuntos que a veces oigo campanas y no sé dónde suenan, pero creí escuchar que se había montado un templete desde el Hostal de los Reyes Católicos hasta la Catedral de Santiago para que Frau Merkel pudiera pas(e)ar por el Obradoiro sin ser molestada por los manifestantes... Existiera o no dicha pasarela, la lástima ha sido que Frau Merkel y don Mariano no se bajaron de la misma para escuchar los problemas reales de la gente real.

Así nos pinta el pelo con estos politicuchos cuya cotidianidad se fundamenta en los gintonics del Congreso a 3,50 pavos por cubata.