17/7/15

 



Hace unos días mi mejor amiga de la Escuela (aún no sé con qué nick bautizarle, ella, tan singular, con su nombre griego) me envía un enlace para que vea una peli que le ha supuesto una especie de epifanía. La vi. Para mí solo supuso escuchar un disco de Radiohead que compone su banda sonora y que tenía olvidado entre la maraña de cedés de mi discoteca.

Pensé entonces (pensar, pensar, pensar... es lo único que hago) cuál había sido la última película que había trastornado mi existencia. Esta. No había vuelto a ojearla y me daba miedo que un segundo visionado me estropease la sensación de euforia que me regaló una lejana noche de diciembre.

La volví a ver dos veces en el transcurso de doce horas. Me confirmó (entre otras cosas) que Jep Gambardella es algo así como el hombre de mis sueños (que no mi vida) al que no cambiaría ni una sola coma de sus virtudes y sus defectos.

Felices vacaciones para aquellos que hoy las comiencen. A mí es posible (tanto como poco probable) que me encuentren vagando en pleno Ferragosto por las calles de Roma. Mi proyecto de fin de carrera, no podría ser de otra forma, estará relacionado con la parte más espiritual de ciudad más bella del mundo. Vean la peli si no me creen.

10/7/15

¡Se trata de comunicación!

Un partido político en horas bajas (re)diseña su logotipo con recursos propios y al cabo de unos minutos hay decenas de interpretaciones -llámense memes- encendiendo las redes. Admiro a la gente que en tan poco tiempo es capaz de plasmar ideas incluso de manera solvente (los tuiteros, me refiero).

Yo soy una rumiante. Lo pienso todo tanto que a veces creo que me he equivocado de vocación al no escoger la Filosofía como modus vivendi. Por eso creo que lo que voy a decir a continuación no es fruto de la mala uva sino de un análisis después de observar el patio durante esta tarde. El logotipo del PP es malo. No digo si es bonito o feo (que también lo es, feísimo de hecho) es que es de una calidad pésima.

Ni un minuto de mi existencia pensaba gastar con el tema porque, la noticia que esta madrugada decorará la portada de un rotativo de tirada nacional, sucede día sí día también en mi mundo profesional y podría escribir este mismo post en cualquier otro momento con cualquier otra empresa de menor calado mediático que el Partido Popular. Me he puesto a teclear porque he escuchado las sandeces de algún que otro comentarista quitándole hierro al asunto: es solo un logo. ¿Perdón? Parece mentira que siendo periodistas no se informen antes de soltar en la tele estupideces. Pero bueno, es solo diseño, o sea nuevamente la dicotomía entre bonito o feo, ¿no? Pues no: es comunicación. 

No quiero entrar en detalles técnicos (el kerning) ni en explicaciones de procesos creativos (concluir gráficamente el concepto de centro) que acabarían por aburrir al personal que no está en el ajo. Solo diré que desde mi punto de vista diseñar una marca -un "logo"- es de las cosas más complejas que te puede encomendar un cliente y que no lo puede hacer cualquiera, por mucho que sepa pilotar el Photoshop y conozca palabras como minimalismo y legibilidad.

Lo de hoy ha sido una falta de respeto hacia las personas que trabajamos en el ámbito de la comunicación corporativa. Pero también es un aviso para navegantes porque algo está fallando entre nosotros, los profesionales, cuando desde dentro no sabemos explicar a las personas qué es lo que hacemos y la importancia que tiene en la mejora de nuestra calidad de vida.

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Si, por lo que sea, sienten curiosidad por saber por qué técnicamente es un logotipo fallido, sólo tienen que seguir este enlace. ;-)

2/7/15

La lógica del mercado.

Hace unos días finalizó uno de los concursos con más caché dentro del ámbito reality culinario de la pequeña pantalla. Una perífrasis como otra cualquiera para decir que finalizó Master Chef. No me cuenten nada porque me pilló de viaje y no pude verlo. Seguidora fiel no soy, pero de vez en cuando atendía a alguna de las recetas y al final quedé atrapada por las intrigas palaciegas de los cocinillas.

Me llama la atención una particularidad del product placement del programa. La risueña Eva González recalca por activa y por pasiva que toda la comida que no se utilice durante las grabaciones será donada al Banco de Alimentos. Es una acción loable como pocas con la que está cayendo. Todos pensamos oh, qué desprendidos los de El Corte Inglés cada vez que escuchamos el guión. Y poco a poco, de la misma manera que empezamos a ver la tele el martes por la noche a cuenta de los platos y terminamos más interesados en las puñaladas traperas de los concursantes, dejamos de comprar en nuestro supermercado habitual y entramos en el de la banderita verde, que son muy majos y ayudan a la gente (ojo, es una visión muy simplista del efecto que genera el márketing social, iknowit).

El caso es que si son clientes habituales de dicho comercio, se habrán percatado de que tiran a la basura los comienzos y los culos de, por ejemplo, los embutidos. Me pregunto si esas partes no se pueden comer. Como hija de carnicera que fui, puedo decir que no me he muerto por echarme al coleto el final feúcho del jamón york. Tampoco he desarrollado ninguna enfermedad incompatible con la vida por zampar los culetes de las longanizas vigitanas, con lo ricas que están.

Ayer por la noche, precisamente comprando en el hipermercado del holding, salvé de la quema a una cola de merluza. Estaba tan brillante y zaína que me la tuve que traer a casa, pese a que comprar un kilo y medio de dicho producto es una barbaridad para un par de personas.

En fin, no sé cómo concluir. Solo recuerdo que el padre de mi muñeco presioso cuenta de vez en cuando que cuando trabajaba de carnicero (Dios nos cría y el viento nos amontona) en una galería comercial que nada tiene que ver con la banderita verde, le daba pena tirar piezas de carne que se estaban poniendo feas y prefería regalárselas a la gente que no podía comprar carne. Su jefe le despidió aludiendo que si todos hicieran eso, iba a terminar por no vender nada.

22/6/15

20150603

Madurez es cuando para tu cumpleaños prefieres que te regalen un planchador de camisas en vez de una sesión de reflexología podal en Mondariz. (Profundo suspiro.)

3/5/15

Lejos, más lejos.

Lo reconozco. Reconozco dos cosas. La primera es que estoy desmotivada con la fotografía. La segunda, que he escrito sobre esto cien veces (así que se pueden ahorrar la pérdida de tiempo leyendo las mismas ideas con distinto parlamento).

Ayer hicimos una excursión. ¡Aleluya! He pasado de chuparme mil y pico kilómetros a la semana a recorrer el insulso camino plagado de semáforos que separa mi casa de la papelería técnica más cercana en cuestión de meses.

Retrocedamos. Hace cerca de quince días -¡¿ya?!- estuve en Barcelona. Por primerísima vez en mi vida no llevé la cámara grande. Le encuentro cierta explicación: un viaje relámpago, la posibilidad de ir allí en el momento que quiera, la familiaridad, en definitiva. Registrar lugares habituales no me suele invitar a accionar el obturador. Aún así estaban programadas unas visitas al Monasterio de Pedralbes y a la Ciutadella y al final me arrepentí un poquitín de mi decisión.

Retrocedamos algo más. Hace un mes me llama uno de mis mejores amigos: Cal, ¿comemos juntos? Necesito que me ayudes a comprar un par de objetivos. El hombre en cuestión ha dejado su excelentemente remunerado puesto de trabajo para dedicarse a la fotografía por la cara, aún recibiendo encargos de terceros (mal, vamos muy mal).

La comida se centró en dos puntos: política y ojos de pez. Sobre el primer tema habló sin tomar aliento él. Sobre el segundo, yo. Después de dar una especie de clase particular de distancias focales (añado que su primera, segunda, tercera y siguientes también se las impartió la escribiente de estas líneas) me espeta pero ¡es que tú no eres profesional! (Cría cuervos.) Acto seguido me inventé una historia inverosímil para no tener que darle la razón.

Volvamos a ayer. Amugando el morro, cargué con los siete kilos de bolso rumbo al sur más cercano. Tratando de hacer la primera instantánea con cierta desgana, me topé con la conversación de un matrimonio ajado en el que ella le echaba la bronca a él y él le respondía a ella que solo estaba tratando de hacer un contraluz, que quedaría muy bonito, bla, bla, bla. Solté mi cámara y tardé varias horas en volver a mirar por el visor.

Entonces me dediqué a observar al personal, a sus móviles, sus palos de selfie y sus tabletas. A sus flashes, inútiles iluminadores de fachadas góticas e inconscientes usurpadores del pigmento azul de las tablas y altares flamencos. A su complejo de japonés (yo estuve allí) y su adicción al Instagram y al dónde estás ahora de Facebook. A sus argumentos estúpidos, ponte más lejos, que se vea todo.

¿Por qué desarrollarse en algo que ya lo hacen millones de personas con mejor o peor suerte? ¿Para qué seguir contaminando este mundo con más ruido visual? ¿Qué sentido tiene todo esto?

Fotaza de Robert Capa, aquel que dijo "si tus fotografías no son lo suficientemente buenas, es que no estás lo suficientemente cerca" que se resume en el axioma cerca, más cerca.