24/2/15

Diez años y tres días.

5/2/15

Nieva.

Una de mis casas favoritas de mi tierra.
Solo veo las noticias por la mañana, mientras desayuno o programo el día o marujeo por la minimansión. Me proporcionan la suficiente cota de mala leche como para querer hacer algo a lo largo de la jornada retalando por las esquinas como una vieja malhumorada.

Realmente a lo que más atención presto es al tiempo. La pueblerina que llevo dentro, que salía a la calle todas las noches antes de cerrar la puerta para ver cómo estaba el cielo, reaparece entre esta mole de cemento y asfalto que es Madrid con el mando de la televisión sustituyendo a las llaves de casa.

Entre todas las fotos que muestran (terribles la mayoría; el efecto Instagram que despierta al Stephen Shore que llevamos todos dentro en modo cutre) hoy apareció una (muy buena) de un amigo de mi pueblo (buen fotógrafo) con una nevada de tres pares de narices, típicas de esta época.

De pronto he recordado los días en los que iba a clase aupada en los brazos de mi padre porque la nieve subía por encima de mis rodillas. También la odisea de dos días tirada por el camino para llegar desde mi pueblo a la Uni a cuenta de tener que entregar un trabajo in extremis a un profe hueso.

Y la última gran nevada que me pilló allí, en dos mil nueve, sin ventanas en la casa de mis padres, con doce grados bajo cero en la calle por la noche, la bestia parda durmiendo conmigo en la cama (única vez en su vida que lo hizo) y mi pelo rompiéndose de puro congelado cuando regresé de hacer las oportunas fotos que el momento requería.

30/1/15

Diálogos con la almohada XII

La vida cambia en cuestión de días. De horas, minutos o segundos incluso. Un cambio de trabajo. Un hijo. Una ruptura sentimental. Un tortazo con el coche.

Parecía que empezaban a quedar atrás los últimos seis años y de repente no es que haya retrocedido al dos mil ocho sino al dos mil. Mi vida no es muy diferente de entonces. Tengo más discos y libros. Obviamente tengo más años y en vez de un curro absorbente una carrera que me está costando el hígado sacar adelante. En vez de haber muerto mi padre lo ha hecho mi madre. En fin, detalles.

Pensé que iba a encajar mejor verme en un erial sin nadie alrededor y no. Estoy tan hecha polvo que mi almohada amenazó con ingreso (¡ingreso!) si la próxima vez que nos viéramos no había pisado el freno.

Hoy me he levantado con ganas de algo indefinido. A ver cuánto dura.

8/1/15

 


(Apenas tengo tiempo -y espacio- para escribir cuatro palabras, pero tampoco puedo dejar de hacerlo.)

En este primer mundo nuestro damos por sentadas muchas cosas. Que no hay esclavitud, que podemos votar cada equis tiempo, que las mujeres gozan de -cierta- igualdad, que los niños estudian y juegan...

También damos por hecho que tenemos libertad de expresión y, al igual que los derechos enumerados un poco más arriba, solemos creer que nos vienen dados así porque sí. Hemos perdido la perspectiva histórica de los mismos y ya no recordamos que los que los consiguieron para nosotros derramaron sangre, sudor y lágrimas en su gesta.

Lo que ha pasado ayer en la redacción parisina de Charlie Hebdo es tristísimo. Lejos de amilanarnos, este deplorable atentado terrorista tiene que servirnos como revulsivo (que parece que estamos apollardados, ¡jo**er!) para no quedarnos en nuestros confortables hoyos vitales y seguir luchando por conservar nuestras libertades y brindárselas a los que aún no las tienen.

1/1/15

Propuestas musicales XLIX. 
It's been a hard day's night.

Año Nuevo siempre fue uno de mis días favoritos. Era, por decirlo de alguna manera, el día de la Libertad. Nadie subía a despertarte para comer a la hora estipulada. Te solías levantar a las tantísimas -casi ya de noche- empachado y resacoso, con el rimmel esparcido por toda tu cara y los pelos de Robert Smith surgidos de manera espontánea. En la mesa de la cocina había una especie de batiburrillo de platos colocados de forma anárquica (ahora a eso se le llama lunch) de los que ibas cogiendo al azar comida, sin demasiada gana, la verdad.

El salón estaba copado de gente en pijama o en bata mirando en semi coma la tele que reprogramaba los programas de Nochevieja o en su defecto una peli género Sobremesa en Antena 3. A veces la mirada perdida atinaba en la bandeja de polvorones y mantecados asaltada unas horas antes. Las botellas de agua se iban apilando en la puerta esperando su viaje hacia la basura.

Era un día maravilloso, aunque ni qué decir tiene que la maravilla del mismo se gestaba en la noche anterior.

Durante unos cuantos años mis amigos y yo celebramos el cotillón en mi apartamento, un gallinero venido a chamizo en el que mi santo padre armó un labo fotográfico para que de una vez por todas les dejara el cuarto de baño libre y así no tener que ir al de la vecina en caso de urgencia de aguas. Las fiestas eran una auténtica locura en la que, cual fuente de maná, jamás se terminaban las chuches, los hielos, el alcohol, los refrescos y los etcétera. Al principio los dj's ad hoc nos pisábamos para ir pinchando cada uno sus temas favoritos.

Sabíamos que nos teníamos que ir de bares cuando de un disco sonaban tres canciones seguidas sin que alguien fuera a cambiarle. Entonces comenzaba la peregrinación hacia el downtown del pueblo previo paso por el cuarto de baño que antaño fue labo fotográfico.



Recuerdo varias canciones, pero ésta, para mí y sin lugar a dudas, anunciaba el Año Nuevo.