11/8/12

Irene o La Montaña Mágica, de Thomas Mann

Las clases de Literatura nunca fueron las más visitadas por los alumnos de mi facultad, pero a mí me tenían enganchada como un yonqui a su dosis diaria de heroína. Sufrí un verdadero mono cuando en cuarto desaparecieron. Esas cuatro horas semanales de asueto mental se habían transformado en balances, ventas, previsiones, beneficios y pérdidas.

Desde que comencé la uni estaba ansiosa por llegar a tercero y así poder asistir a las clases de un profesor chiflado que te paraba en medio de una clase para contarte la historia de sus reencarnaciones, pero ese señor no pudo venir. En su lugar se presentó Irene.

Supongo que ella era una de sus alumnas de doctorado a la que le cayó el mochuelo de inocular el virus de la literatura a unos universitarios más pendientes de las cartas que de los anaqueles de la biblioteca. Me figuro que entonces sería aún mucho más joven de lo que yo soy ahora.

Tras el escaso quórum de su primer día nos invitó a sentarnos en círculo para estar todos a la misma altura. En sus clases hacíamos lecturas de libros y los deberes consistían en estudiar estructuras narrativas y construcciones de personajes que comentaríamos en los primeros minutos de la siguiente clase. Nuestras impresiones se iban mezclando con retazos de las vidas de los escritores del siglo XX y pinceladas de literaturas anteriores.

Sus labios finos, las cejas perfiladas sobre unos ojos almendrados de miel, las orejas pequeñas resguardadas tras una cabellera teñida de caoba y un cerebro con más referencias que las bibliotecas de Alejandría y Éfeso juntas hicieron que me pirrara perdidamente.

Por Irene (y porque creo que una vez terminada la novela de la que tanto hablaba ella recobraré la buena suerte) he conseguido finalizar ¡por fin! La Montaña Mágica. Les diré que, superadas las primeras trescientas y pico páginas, consigue hasta engancharle a uno (así por lo bajini les comento que me he quedado pasmada ¡hasta saqué una foto de lo que mis ojos estaban viendo recién levantada la mirada de las hojas beige!).

- Te amo - balbuceó -, te he amado siempre, pues tú eres el Tú de mi vida, mi sueño, mi destino, mi deseo, mi eterno deseo. 
- ¡Vamos, vamos! - dijo ella - ¡Si tus preceptores te viesen! 
Pero él meneó la cabeza con desesperación, inclinando el rostro hacia el suelo, y contestó:
- Me tendría sin cuidado, me tienen sin cuidado todos esos Carducci, la República elocuente, el progreso humano en el tiempo, pues ¡te amo! 
Ella acarició dulcemente con la manos los cabellos cortados al rape en la nuca.
- Pequeño burgués - dijo -. Lindo burgués de la mancha húmeda. ¿Es verdad que me amas tanto? 
Y exaltado ya por ese contacto, ya de rodillas, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados continuó hablando:
- (...) ¡Sí, Dios mío, déjame sentir el olor de la piel en tu rótula, bajo la cual la ingeniosa cápsula articular segrega su aceite resbaladizo! ¡Déjame tocar devotamente con mi boca la "Arteria femoralis" que late en el fondo del muslo y que se divide, más abajo, en las dos arterias de la tibia! ¡Déjame sentir la exhalación de tus poros y palpar tu vello, imagen humana de agua y de albúmina, destinada a la anatomía de la tumba, y déjame morir con mis labios pegados a los tuyos!
(A mí me dicen esto y, aunque no sea más que por originalidad, caería rendida a los pies de mi interlocutor.)

Tras petar mis dos antiguos cencerros, comencé mi andadura en blogger a la vez que retomaba por séptima vez la lectura de este libro. Quizá esto sea una señal. La señal del fin. No lo sé... Realmente nunca sé nada.

2 comentarios:

  1. De fin, nada.

    Un beso en... no sé, elige tú la articulación y el tipo de tejido.

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  2. Bueno, debería centrarme en otras cosas más productivas, Portorosa. El caso es que mi necesidad de escribir estupideces personales no decrece, pero ahora mismo van directamente en un archivo word o en las páginas finales de mi agenda. Ya veremos... este es un gran vicio.

    ¿El beso...? Se me ocurren un montón de sitios. ;-D

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