Estoy aquí mismo sentada horas y horas frente al ordenador y los bártulos para dibujar, en la mesa. Veo al Sol salir por mi derecha y muchos días -la mayoría- intuyo cómo se va escondiendo por mi izquierda. De vez en cuando, para descansar la vista, levanto los ojos y merodeo a mi alrededor, a ver si algo ha cambiado.
En una de las estanterías superiores del vestidor hay un viejo álbum de fotos con tapas de madera que muestra una escena costumbrista oriental sobre fondo negro. Tiene patitas, igual que las macetas de los bonsáis, y cuando lo abres, si tiene cuerda, suena una musiquilla. O sonaba (hace mucho que no lo abro).
Es el álbum de fotos de mis padres. Siempre ha estado presente en mi vida, ahí, dispuesto a ser mirado. El problema es que apenas cuenta con veinte instantáneas pegadas a la cartulina negra mediante cantos adhesivos. La mayoría de las fotos están apelotonadas en dos cajas metálicas de galletas.
No es que se comentara en casa de la misma forma que se habla de tener que arreglar el tejado o cambiar las ruedas del coche, pero siempre escuchaba a mis padres su deseo de pegar las fotos en el álbum cualquier día de estos.
Cuando vuelvo los ojos hacia la pantalla o los cuadernos llenos de borratajos pienso en todos mis álbumes personales. Sí, pienso en todas las buenas y sencillas intenciones que se quedaran en eso, en buenas y sencillas intenciones.
31/5/16
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