3/5/05

Delia. Parte I (tampoco sé si habrá parte II. Me empieza a caer mal esta chica.)

Delia era una todavía una niña pequeña cuando empezó a tener un contacto con la realidad ajeno a lo que correspondía para su edad. Ella no era consciente pero, mientras las mayores preocupaciones del resto de críos eran del estilo “quiero tener una Barbie” o “Miguelito me ha tirado del baby” , sus desasosiegos adquirían un tono adulto gracias a la escucha de barbaridades como “ésta no es de mi familia” dichas por el propio abuelo –por poner un ejemplo- de la pequeña y delante de ella, sin cortarse un pelo.

Por un lado entre algodones, por otro sobre el cemento más frío Delia fue creciendo de dos maneras diferentes. Fue creándose un mundo a medida, probablemente idealizado, del cual no tuviera constancia nadie de los que la rodeaban para poder escapar de las injusticias contra su persona sin saber a cuenta de qué. Se mostraba cariñosa y arisca, parlanchina e introspectiva, traviesa y responsable, en compañía, pero sola.

Tuvo tan poca suerte que los quince años no fueron para ella los de la niña bonita. Un cuerpecillo escuchimizado y el acné juvenil, que no perdona, le hicieron parecer durante años la fea de la clase. Bajita, plana, sin conversación y con gafas. Así que el primer soplapollas que se cruzó por su camino y le hizo creer por un momento que era alguien especial, se la llevó al huerto sin ningún tipo de esfuerzo.

Después de eso Delia cambió. Pero para peor (o para mejor, según se mire). Se dio cuenta –maldita sea la hora- que no quería ser esa chiquilla que había venido siendo, que tenía que hacer algo para que “los demás” la aceptaran. Y así empezó a ponerse retos cada vez más inalcanzables. A veces llegaba. La mayoría de las veces no.

Poco a poco se fue dando cuenta de que adaptarse a las necesidades de los demás no era el camino. Por mucho que quisiera complacer a todos los que la rodeaban siempre perjudicaría a alguien que también pululase a su alrededor. Pero ya habían pasado años desde que empezara a estar para todos. La gente se acostumbra mal. Y las actitudes son de difícil canje (y lo digo por Delia que era la que se comía el tarro).

Y ahora empezaba otro nuevo recorrido vital: saber qué era lo que quería ella.