El día 10 fue uno de esos que me traen al presente recuerdos
del pasado. Primero el Motociclismo, tanto 250 cc com GP (putadón que le hicieron
a nuestro querido Gibernau. Como pille el Rossi con algún español, que se ande
con cuidado). Después, entremezclado, el partido de baloncesto del Real Madrid
y el Caja San Fernando. Y más tarde la Liga Profesional de Fútbol (vale, vale,
ya sé que cascó el Barça, y ¿qué?). Todo eran deportes, deportes y más
deportes.
De igual manera que los domingos en casa de mis padres:
deportes, deportes y deportes. Mi padre aprovechaba el último día de la semana
para actualizar lo que no había podido ver de lunes a sábado. El domingo era su
día. Era el día del descanso del guerrero. Toda la semana estaba luchando
contra la monotonía e insolencia del trabajo junto a mi madre, pero el domingo
era su día. Se levantaba, se arreglaba -él siempre fue muy coqueto-, desayunaba
fuerte y se sentaba a ver la tele tooooodo el día. Sólo interrumpía su sesión
deportiva para comer y para irse a echar la partida (de Mus) siempre que no
hubiese un partido de primera imprescindible. Si había un partido, la cosa
cambiaba: llamábamos a nuestra vecina y ésta se venía a ver el fútbol con
nosotros. Mi madre se echaba una cabezada en el sofá.
En el descanso aprovechábamos para hacer la cena mientras
que nuestra vecina se iba a su casa a cenar –supongo- para volver a ver la
segunda parte juntos. La segunda parte ya era otra historia. Yo ya estaba
cansada de ver tanto deporte y me ponía a jugar con los muñecos que estaban
tirados por la sala. El sonido se transformaba en una especie de compañero
inútil y persistente que acompañaba mis momentos de acompañada soledad entre
muñecas, coches y jugadores de fútbol tirada en la alfombra del salón de estar.
Besos, Calamity.
