Dicen por ahí que, de la misma forma que se tienen una media naranja y un gemelo en alguna parte del mundo, existe un perfume que pertenece inequívocamente a uno mismo. No sé si será cierto (las dos primeras teorías parecen no serlo), pero la menda encontró su fragancia palmaria con diecisiete años.
La adolescencia es una etapa de búsqueda y lo que es aún mejor de descubrimientos. Desde pequeñajas mis casi hermanas y yo habíamos sentido fascinación por el neceser de mi tía (su madre) el cual escrutábamos y asaltábamos sin ningún tipo de pudor llegando a ponernos las caras como auténticas puertas recién pintadas (supongo que la adolescencia también es una época de excesos). Nosotras creíamos que no se nos iba a notar la sombra azul centelleante y el colorete melocotón, pero vive dios que se notaban. Los habría visto un ciego.
Las mejores prospecciones eran las que se daban el primer día de vacaciones. La relajación de los mayores tras once meses de trabajo y el desboque de los niños una vez quitado el yugo escolar se prestaban a ello.
Con diecisiete años el ansia de pintarrajearse la cara cambió por la necesidad de poder utilizar maquillaje de mejor calidad, de ese que tú no te podías permitir con las quinientas pesetas que te daban de paga semanal, así que el asalto al neceser de mi tía era, por decirlo de alguna manera, más sibilino.
En una de esas furtivas invasiones llamó poderosamente mi atención una caja negra con ribetes dorados en la que había perfume. Nunca hasta entonces había tenido en mis manos perfume. Abrí la solapa negra. Levanté el reborde de cartón acanalado. Saqué el minúsculo frasco de cristal con esquinas achaflanadas. Quité el tapón. Vaporicé sobre mi muñeca. Me arrimé la piel húmeda a la nariz.
Fue la epifanía olfativa.
Días después de terminar el verano, cuando cumplí dieciocho, el regalo de mi padre fueron cincuenta mililitros de la apreciada esencia acompañados de unas palabras que me instaban a madurar por aquello de haber alcanzado la mayoría de edad: «ya tienes las primaveras para poder usar perfume».
Nunca sabes la cantidad de objetos que son absolutamente prescindibles hasta que la necesidad azota y tienes que empezar a privarte de ciertas cosas. Pero esta mañana ha llegado un mensajero a la minimansión con un misterioso paquetito que, tras firmar el albarán, he abierto con ansiedad observando que en su interior estaba envuelto en papel burbuja un envase negro con ribetes dorados. Inmediatamente he rociado sobre la nada metiendo mi cara en las gotas atomizadas de fragancia y el verano, la adolescencia, mi tía y las vacaciones han venido a mi memoria. Dos años son demasiados para ciertos placeres.
1/7/13
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

:-)
ResponderEliminar;-D
ResponderEliminarvaya regalazo bueno, no? alguien que te conoce muy bien, sin duda, debe haberte enviado ese misterioso paquete!
ResponderEliminarRegalazo de los buenos, Raúl. No me gusta que me regalen colonias, salvo que sea la mía de toda la vida. Estoy encantada (supongo que mucho más que los señores/as que se sienten a mi lado en el transporte público).
ResponderEliminarHay muchos veranos, y me gusta saber que el tuyo, o, parte del tuyo, se puede condensar en una fragancia. También me ha gustado la "epifanía olfativa", sí señora.
ResponderEliminarUn abrazp
Los veranos no suelen ser una época agradable para mí. Lo fueron hasta que cumplí veintiséis. Luego llegaron el porrón de responsabilidades de golpe y se terminó lo del disfrute. Parece que el año pasado empezó a cambiar la tendencia.
ResponderEliminarSí, fue un tiempo muy agradable que se resume en un olor. Me gusta que te guste, José Luis.
Un fuerte abrazo también para ti.
Es imposible que sean lo que fueron entonces: larguísimas semanas en las que daba tiempo de todo. Nada, o casi nada que hacer necesariamente. Eso no volverá. Pero lo que ahora tenemos son los veranos de nuestra edad, y es trabajo nuestro, y según cómo lo mires, la obligación, por nosotros y por los que se relacionan con nosotros, de encontrarles el significado y el placer de vivirlos agradablemente. Todas las demás alternativas son peores, creo.
ResponderEliminarUn abrazo
Supongo que estoy empezando a saber cómo combinar ambas partes. El resto de alternativas son peores, sí. :-)
ResponderEliminarBesotes.