27/4/17

Muerte por nostalgia.

Vivir tan lejos, no tener coche, no tener pasta y a veces no tener ganas, hace que vaya cada vez menos a mi pueblo. Pero esta última Semana Santa me he recorrido la piel de toro de Mediterráneo a Cantábrico para poder estar en todos los sitios. La razón principal era conocer a los hijos de Lili, a la que no veía desde que estuvo gestante de ellos, y estar con ella como en los viejos tiempos o lo más parecido posible a eso que dos bebés de cinco meses casi seis nos permitieran.

No me hacía ilusiones de que dejase a sus gemelos enanos a cargo de alguien supuestamente responsable para que ella y yo nos fuésemos a tomar unos chismes (genérico en mi pueblo de bebida alcohólica de cualquier tipo, excepto vino de misa) por ahí hasta que no supiésemos decir nuestros nombres sin que se nos trabara la lengua. No soy tan inmadura. Pero lo que no me esperaba es que mis amigos de toda la vida (También con hijos, la mayoría. Aunque no todos y no tan pequeños. Excepto una. Stop.) no salieran por ahí un sábado santo... ¡de noche!

He de reconocer que estuvimos (al menos yo sí estuve) todo el día por la calle. Encadené el vermú con mis amigos sin hijos, la comida en solitario esperando a mi prima Tetxu (que estaba de blancos con su gente), el café con mis amigas de EGB y una meriendacena de nuevo con mis amigos con hijos viendo el Barça-Real Sociedad en la cafetería a la que solía ir en BUP y que no ha dejado nunca de ser una especie de puerto base. Y luego, cada uno a su casa.

Y hoy me topo con un artículo sobre Malasaña en los 90 y, ¡joder!, casi me cuesta leerlo. Porque nosotros estuvimos ahí (muchos estudiábamos en Madrid, así que de vez en cuando mis amigos del pueblo se venían y hacíamos lo mismo aquí que allí, la misma función, pero en distinto escenario) y me da una pena infinita pasar por San Andrés y no ver, por poner un solo ejemplo, el Garaje Sónico. Es algo así como ir por la calle del Puente en mi pueblo y no ver, por poner un solo ejemplo, el Nebraska. Es algo así como preferir los blancos a las copas, como preferir las meriendacenas a las noches de farra. Algo así como ir muriéndose un poquito más en vida.

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