¡Guau! Qué culto me ha quedado el título de esta entrada. Pero no lo voy a quitar porque me gusta. En el fondo me gustaría hablar así. Y de usted. Por joder, supongo. Ayer hablaba de ftalatos, bisfenoles y disruptores endocrinos varios con mi frutera (todo por no querer ponerme unos guantes de plástico) y al salir, mi adorado tormento me recordó que si quiero que la gente me entienda, tengo que ponerme a su nivel lingüístico. Lo tendría que saber (y practicar) habiendo estudiado lo que estudié (Ciencias de la Información). En el fondo no me atrae la idea. Que me entiendan, quicir (total, ni yo misma me entiendo).
Vaya, no venía a hablar del entendimiento entre semejantes. :-)
Es que soy muy fan de los Smiths. Desconocía tal cosa hasta hace unos días en los que tuve (tengo) un antojo irrefrenable de escuchar toda su discografía en bucle.
Hay una cancioncita de lo más tonta que no conocerán ni algunos que son fans de verdad que a mí me alucina, me empana, me f-l-i-p-a.
Escúchenla. No dice nada. No habla de nada verdaderamente importante. No cuenta hazañas. Y sin embargo lo dice todo. Para mí cuenta la decepción de la vida, de que, después de todos los sueños infantiles y adolescentes, de los colorines y las grandezas aspiracionales de estas etapas, al final todo es gris y bobo, pequeño. Esas notas tristes insertas entre los acordes nos dicen que la mayor sabiduría a la que uno puede aspirar es saber que algunas chicas son más grandes que otras.
¡Feliz domingo! (Sonrisa sardónica)
2/4/17
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