21/5/17

Lo que está en mi mano.

Hace unos días se celebró el doscientos aniversario de mi colegio de monjas, en el que cursé la EGB. Mi pueblo estaba sembrado de fotos de nosotras (éramos todas niñas) mostrando nuestros logros. Baloncesto, atletismo, poesía, pintura... teníamos hasta tuna o estudiantina, que es así como se llama a la tuna femenina.

No pude ver la expo. Me habría hecho ilusión aunque es muy posible que no apareciera en ninguna instantánea porque para aquella gente yo fui siempre un ser límite, más cercano a la (con perdón) subnormalidad y retraso que a cualquier otra cosa. Solo un par de profesoras apostaron por mí.

Una de ellas (a la que le estaré eternamente agradecida y me da una pena inmensa no podérselo decir en persona porque falleció hace cinco años) me castigó a ir tres veces por semana a las ocho de la mañana para hacer ejercicios de redacción mientras me dio clase (¡cuatro años!). Eran unos libros de pastas marrones con la foto de una chica de moño cardado y gafas y otro niño (creo) escribiendo algo sobre un papel. Por dentro habían breves epígrafes y muchas, muchísimas hojas en blanco. Igual conservo alguno todavía. Que sea tan fan del fenómeno religioso se lo debo a ella (mi ateísmo viene de otra parte). Era monja pero cuando "fuimos mayores" no nos impartía demasiado catecismo y sí nos enseñaba que existía gente en el mundo que llamaban a Dios Yahveh, Jehová, Alá o que directamente veneraban más al mesías (Buda) que a su conglomerado de dioses. Era fascinante.

La otra profesora era prima mía. De mis primas mayores (de hecho ella ya es abuela y yo aún no soy –ni seré probablemente– madre). Todas las niñas la queríamos mucho. Era moderna, seca y divertida (lo es aún). Dura como el diamante. Aprobar mates con ella era una carrera de fondo. Mis padres y los suyos se llevaban especialmente bien y cuando llegó a casa el informe del psicólogo del cole (el único hombre) diciendo que iban a poder hacer poca cosa conmigo en el futuro, fueron preocupados a su casa para consultar con mi prima-profesora qué era lo que pasaba. Mi prima les consoló o les quitó la preocupación que llevaban en el cuerpo diciéndoles, casi delante mío, que era de las niñas más inteligentes con las que se había encontrado durante su carrera.

Toda mi vida he luchado contra aquel informe psicológico demostrando a los demás, pero sobre todo a mí misma, que, no sé si seré inteligente, pero sí tengo un cierto nivel cultural, posiblemente algo superior a la media.

Durante unos años en mi pueblo hubo una radio pirata. Era una emisora genial. Seguramente ahí nació mi vocación radiofónica. Me encantaba. De peque yo no escuchaba los 40 Principales. La radio en cuestión se alimentaba de los programas que hacían los vecinos del pueblo. Podías proponer cualquier tema. Recuerdo con especial cariño dos programas. Uno de los temas más mainsteam de la (mal) llamada música clásica y otro de música gótica/oscura/siniestra. En el primero conocí a Bach y a Mozart. En el segundo a The Cure y a Depeche Mode. Entre otros.

En tu programa tú podías invitar a quien te diera la real gana invitar. Mis amigas (de la EGB) se llevaban muy bien con unos chicos guays, populares y malotes que hacían uno de los programas, no recuerdo cuál era la temática, y de vez en cuando las invitaban a participar en él. Un día me decidí a acompañarlas, pero los chicos guays, populares y malotes no me dejaron entrar. El motivo: porque era fea (sic).

Sí, ya sé que la infancia y la adolescencia pueden ser muy crueles, pero a mí me encanta ahora pasear mis cuarenta y tantos años tan estupenda como estoy mientras les veo a ellos más de la cuadrilla de Homer Simpson que de George Clooney. Lo mío me cuesta y no puedo decir que esté cien por cien a gusto con mi aspecto, pero desde luego no estoy dejada.

Siempre me he crecido en la adversidad. Hay además algo de revanchismo. Pero lo que no entiendo es qué demonios me está pasando ahora (con el trabajo, con el proyecto de fin de grado, con mi independencia), que me veo incapaz de hacer nada ni de demostrar a nadie, ni siquiera a mí misma, nada. Estoy como muerta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario